LA VARA MILAGROSA
Una vez iba una moza por un camino allá. Al llegar a una cotera oyó una voz que se quejaba con mucha tristeza. Miró por todas partes y no vio a ninguna persona.
La voz no dejaba de quejarse con mucha tristeza. Volvió a mirar y no aparecía nadie. Cuando iba a seguir el camino se fijó en que la voz salía debajo de una lastra...
Llamó en la lastra con una piedra, como si fuera una puerta, y la voz, barruntando que era algún caminante compasivo, habló más fuerte y dijo a la moza que era un muchacho que le había cogió un ojáncano y le tenía en la su cueva.
La moza torció el su camino, compadecía del muchacho, y se lo fue a contar to a una hechicera que vivía en una choza al lado de una ermita.
Cuando la moza llegó a la choza de la hechicera, que se llamaba Pelegrina, estaba hilando en una rueca de oro que al mismo tiempo cantaba como un jilguero.
En la choza había unos platos con una flores pintadas del color de las estrellas; había unas jarras y una mesa de coral y una silla de madera negra muy brillante.
La hechicera era muy revieja y muy guapa y tenía los ojos muy grandes y muy negros, sin ninguna arruga en la cara.
Cuando la moza acabó de contar lo que la había dicho el muchacho de la cueva del ojáncano, la hechicera la dio una vara de fresno seca que estaba en un rincón de la choza, y la dijo que con aquella vara llamara otra vez en la lastra que servía de puerta a la cueva.
Volvió la moza a la puerta de la cueva y llamó en la lastra.La lastra se movió hacia un lado, y la moza pudo entrar en la cueva, que estaba muy oscura como la boca de un lobo. Entonces como no se veía na en aquella oscuridad, la vara de la hechicera empezó a alumbrar sin que nadie la encendiera, con un resplandor muy grande.
Iba caminando por la cueva allá y se encontró con un hoyo muy grande que no la dejaba pasar.
Entonces la vara, sin perder el su resplandor, se escapó de la mano de la moza, se aposó de la una a la otra parte del hoyo y se hizo como un madera largo y ancho como un puente. La moza pasó y la moza volvió a la su mano.
Al poco rato llegó el fin de la cueva, y oyó los quejidos tristes del muchacho. Se apagó el resplandor de la vara y quedó otra vez a oscuras.
Desde el sitio onde estaba la moza veía brillar como un tizón el ojo del ojáncano. La moza tenía mucho miedo y no quería moverse de allí, pero la vara tiraba de ella con mucha fuerza y la hacía andar.
Al poco rato llegó cerca de donde estaba el ojáncano y el muchacho. El ojáncano estaba acostado y el mozo tenía posadas las sienes en las manos, sentado en una silla de piedra, todo lleno de pena y llorando sin parar.
En aquel instante la vara volvió a escapase de la mano de la moza que no paraba de temblar de miedo, y se convirtió en cuervo que empezó a volar encima del ojáncano.
El ojáncano se levantó asustado y el cuervo se aposó en la su nariz. Arrimó el pico a la oreja del ojáncano y le habló muy bajo, como le hablaban los amigos de los cuervos.
Cuando el ojáncano estaba más descuidado oyendo las mentiras que le decía el pájaro, éste metió el pico en la cabeza del ojáncano y le arrancó el pelo, que es donde tiene el aquel de la vida. El ojáncano se cayo muerto, el cuervo volvió a convertirse en vara y la vara empezó a alumbrar otra vez.
Como el muchacho no podía andar de los castigos que le había hecho sufrir el ojáncano, la vara se convirtió en un caballo chico y blanco.
La moza amontó en él y salieron de la cueva. Mientras duró la oscuridad el caballo tenía las orejas como dos luces.
Anda que te anda llegaron a la choza de la hechicera, al lado de la ermita.

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